Fragmentos del libro

 

Ahorita se cansa

 

Le dolían los pies, tenía hambre y estaba cansada, pero no podía sentarse a comer tranquila con ese desorden. La ciudad era un despelote y la ferretería un caos, necesitaba encontrar otro ambiente en su casa. Cuando terminó de ordenar y de lavar los platos, sacó el almuerzo del microondas: una montaña de arroz amarillo y grasoso con salsa rosada encima; y se sentó a la mesa. Enterró el tenedor en la comida y comenzó a examinarla: picadillo de cebolla, cilantro y pimentón rojo; trozos de salchichón y palitos de papa frita. Olga se miró el abdomen abultado y las piernas flácidas. Ella también había engordado. —No es la comida, flaquita, es que ya se nos nota el peso de la vida —le decía Arnulfo muerto de la risa cuando ella le pedía almuerzos más sanos, esa risa que usaba como barrera, que por momentos convertía en arma, la misma que le había dado seguridad el día que se casaron hace poco menos de veinticinco años. Podría prepararse otra cosa, cuidarse, pero era más fácil tragarse lo que él cocinaba. Cuánto extrañaba a Carmela, quién lo creyera, que ella extrañara a esa mujer que tantas veces se propuso poner en su sitio, respondona y terca. Cuando la tenían empleada al menos la casa permanecía limpia y la comida era balanceada. Qué ironía, terminar uno añorando tiempos que en su momento resintió. ¿Por qué se dejó convencer?

 

Olga regresó al cuarto.

 

—¿Escuchaste?

—¿Qué?

—No te hagas el bobo, Arnulfo.

—Olgui, es un niño.

—¿Y a mí qué? Me pone los nervios de punta.

—Está jugando.

—¿Jugando? Está destrozando las matas.

—Olgui, cálmate, no tienen ni un mes aquí y ya vas a empezar.

—Te lo digo, Arnulfo, ese niño va a hacer un daño.

—No exageres, Olga, tampoco es todos los días.

—Casi todos y como tú no le pones coto... Por eso pasa lo que pasa.

—Quédate tranquila que necesitamos la plata. ¿Ves?, no se oye nada, ya se aburrió.

 

Quizás él tenía razón y ella estaba exagerando. A qué horas la vida se le había vuelto una roncha, por qué le apestaba el aire como si algo se pudriera en alguna parte”.

 

 

 

El nombre en el río

 

“La sequía se había llevado lejos al río. La misma que reverberaba en la carretera, desteñía el verde y empolvaba el panorama. La sequía de la que habló Carlos camino a la finca de Ernesto y Karina en Palmar de Varela, pero a la que llamó el fenómeno de El Niño. Y ella que venía pensando en el dueño del nombre que llevaba escondido, en ese otro que la tenía padeciendo el fenómeno. Y Samuelito atrás, su niño, bien ajustado el cinturón de seguridad, tan bello y juicioso y entretenido con el juego en la tableta. Tan callado, sin llover su voz para distraerla del tiempo seco. Y Marc Anthony en la radio: “Voy a reír, voy a gozar, vivir mi vida la, la, la, la”.  Y ella imaginando que la mano de Carlos en su pierna era la mano del otro. Y Marc Anthony: “A veces solo una gota puede vencer la sequía”. Y ella, los ojos cerrados, fingiendo descansar, pero bebiendo con ansia sus miradas a destiempo en la oficina, la deliciosa invitación a despeñarse en sus ojos y los roces, dizque involuntarios, de su piel impropia.

 

Aquí estaban la alegría del paseo, los amigos alistándose para preparar el almuerzo y los discos de tropipop que trajo Héctor. La algarabía de los niños persiguiéndose entre sí. Carlos inflando la piscina cerca de la terraza. Aquí lo tenía todo.

 

Pero ella quería ver de cerca al río y —¿por qué no?— mojar en el los pies. 

 

Y lo deseaba con urgencia malcriada, esa que le daba últimamente, que se sentía como un desespero, como unas ganas de arrancarse la ropa y salir corriendo. Como un deseo de morir. Tenía que serenarse, respirar hondo, concentrarse en el aquí y en el ahora”. 

 

 

 

La rueda de la fortuna

 

“Mientras espera a que Alejandra salga de los carros chocones, Estela observa que el parque ha cambiado. Algunas atracciones han sido remplazadas por otras, pero ahí sigue la rueda de la fortuna girando en su esquina. La pasaban tan bien. Solía traer a su pequeña casi todos los domingos. Su esposo no las acompañaba, él prefería hacer otras cosas. A ella le parecía mejor así.

 

La rueda de la fortuna era la única máquina a la que subían juntas y la que más le gustaba a Alejandra. Quizás por eso la dejaban para el final. Hacían la fila y cuando les llegaba el turno de subir aparecía la canasta frente a ellas, una carroza de cuento de hadas. El operario abría la puerta, les tendía la mano y las ayudaba a subir. Cómo les gustaba el bamboleo de la canasta, ese primer desequilibrio que era el inicio de la aventura. Era tan divertido. Se hacían caras graciosas mientras esperaban a que subiera más gente y echara a andar la rueda. Sonreían y ella inventaba para su hija historias fantásticas. Nada existía aparte de ellas. Cuando la rueda comenzaba a coger velocidad, ella tomaba el timón en el eje de la canasta y aplicaba toda su fuerza para hacerla rotar y liberar las fuerzas misteriosas que dan cosquillas. Su pequeña se agarraba al respaldar del asiento, cerraba los ojos y exageraba el pavor. Reía y pedía más velocidad. Ella no cerraba los ojos, se esmeraba en el timón y contemplaba la felicidad de su hija como si fuera una obra de arte”.

 

 

 

Loving strangers

 

“Llegué al aeropuerto a tiempo. Luego de esperar unos minutos apareció en la puerta. La reconocí enseguida, estaba tan perfecta que parecía retocada con photoshop. No es que sea una gran belleza y más bien es menuda, pero impresionaba su apariencia brillante, fresca, como recién salida del empaque, como si la vida no le hubiera pasado por encima todavía. Vestía una camisa celeste de mangas largas, un pantalón de impecable blanco y baletas color café. El día estaba soleado, sin embargo, algo en ella era tan luminoso que le competía al sol.

 

Cuando me identifiqué me saludó muy cordial. En el trayecto a la universidad hablamos poco, le di la bienvenida, me hizo un par de preguntas sobre el evento, sobre mi cargo en la facultad y algún comentario sobre el calor. Me pareció una persona amable. Intenté ser lo más agradable posible, pero soy del área administrativa, nada tengo de relacionista pública. La dejé con el coordinador a tiempo para la conferencia. Volví a mi trabajo y no supe más hasta las cinco y media, más o menos.

 

Me pareció un abuso que el jefe me la encomendara de nuevo, pero esa es otra historia.

 

—Ojo —me dijo casi como una amenaza—, atienda bien a la invitada.

 

La fui a buscar al auditorio. La encontré charlando con un grupo de asistentes. Ya no se veía tan nueva de paquete, pero conservaba algo de esa gracia luminosa. Se alegró al verme, nos saludamos, le expliqué que la llevaría al hotel. Algunos del grupo la invitaron a continuar en casa de uno de ellos, pero ella alegó estar cansada.

 

En el carro se puso conversadora. Me contó que le fastidiaba la gente que no entendía que se había acabado la charla, que ella no tenía las respuestas para todos los dilemas de la humanidad ni le interesaba tenerlas. Que en realidad no estaba cansada y que si por favor la llevaba a conocer La Cueva, —yo invito —dijo.

 

Se paseó por todo el lugar mientras me contaba anécdotas del Grupo de Barranquilla. Me hizo tomarle fotos, las compartió en Instagram y me leyó algunos de sus tweets antes de publicarlos. Por fin escogió una mesa y ordenamos de comer; dijo que hacía tiempo deseaba tomarse unos tragos en donde García Márquez se los había tomado. Para ese momento Jaime ya me había llamado un par de veces. «Quiere tomarse unos tragos», le mandé un mensaje de texto.

 

Hasta aquí, todo bien”.

 

 

 

Con clase, con elegancia

 

“Para colmo, en los altavoces suena una canción de Carlos Vives. A María Fernanda le trepa un asco por la garganta, algo así como unas espantosas ganas de llorar. Deben de ser los nervios. Las canciones de Carlos Vives son tan malvadas, la ponen nostálgica. Y llorar es tan horrible: se pone una toda mocosa y se ve tan fea. Verse triste es tan opaco.

 

El mediodía resplandece en la puerta de entrada. María Fernanda correría a internarse en la luz, pero no conviene, llamaría la atención del guardia, que parece un adorno mal puesto, y lo único que debe llamar la atención es su clase, su elegancia.

 

Ve cómo se desliza la puerta al pasar la gente. Anticipa el ruido de la calle, el bochorno, el polvo acumulándose en su cutis, el sudor arruinando su imagen fresca. Si tuviera su boutique en un centro comercial, viviría allí metida disfrutando del aire acondicionado. Se vería reflejada en el piso de mármol y las luces artificiales resaltarían su belleza. Pero qué importan ahora los sueños, lo importante es salir antes de que se le descontrole la angustia.

 

La puerta, por fin, se desliza para ella. La sensación de alivio espera su señal en la partida. Entonces, como de la nada, una corpulencia se le viene encima...”.

 

 

 

Jesús me ama

 

“Mientras él hablaba, yo iba chocando con los destellos de la ciudad... A veces es difícil soportar la luz. No aguanté más.

 

—Mejor llévame a mi casa —le dije, pero volvió a hacerse el sordo —. ¡Que me lleves a mi casa!

 

No quería gritarle, solo necesitaba que se callara y me llevara a mi casa.

 

—Está bien —dijo triturando cada letra como si para él fueran intragables. Y dejó de hablar. No me sentí aliviada, él no es de los que se queda callado. Alguna vez me dijo que era una tortura intentar traducir mis silencios.

 

Retomó el rumbo. Traté de serenarme. Pensé que me dejaría en mi casa, que se calmaría luego, que encontraría la manera de seguir su vida sin mí. Pero al pasar por una súper tienda viró abruptamente, parqueó el carro, me puso en la cara un billete de cincuenta mil pesos y dijo:

 

—Compra lo que tanto necesitas.

 

Agarré el billete, lo arrugué y se lo tiré a la cara, bajé del carro y di un portazo. Al frente, un grupo de mujeres charlaban sentadas en una jardinera, cerca de la entrada a la tienda. Me importó un culo disimular cuando pasé al lado de ellas para entrar al local.

 

Al salir, Miguel fumaba un cigarrillo apoyado en el capó. Ya no reconozco en él al tipo animado que conocí hace un par de años, pero él insiste, dice que me ama, que podemos superar lo que sea juntos. Cuando me vio se levantó:

 

—Vamos —me dijo como quien regresa de perder una batalla—, te llevo a tu casa”.

 

 

 

Un artefacto para armar

 

“No nos dará tregua, no se distraerá con el nuevo paisaje. No se quedó allá, vino con nosotras. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez? El patio perdió su encanto. Camilo se volvió invisible. Me quedé en silencio como si no hubiera entrado esa llamada, como si yo no tuviera esa otra vida de la que prefiero no hablar, como si no tuviera puesta esta manilla gris, como si el edificio en construcción de al lado no afeara la vista de la bahía por más que tratáramos de ignorarlo. No dije nada, ni él preguntó. Enseguida anunciaron el inicio del conversatorio. Intenté tranquilizarme: ella se calmará, está con mami, podrán esperarme. Pero ya me habían inoculado la ansiedad.

 

El tema del conversatorio era La novela: un artefacto para armar. El moderador anunció a los escritores. Primero subió a la tarima Andrés Neuman, un muchacho con el pelo largo, la barba poblada y cara de niño estrenando tarimas, engolosinado en su papel de novelista. Después, una mujer con un vestido de colores, un ave de otras tierras aterrizada en el trópico; recorrió la tarima tomándonos fotos a la audiencia. Su nombre, Pola, igual que la señora que nos lavaba la ropa cuando yo era niña, su apellido muy raro. Por último, el favorito de Camilo, Fernando Gallo, creo, una vara taciturna de amplia frente y patillas largas. A pesar de no haber leído a ninguno, aunque muy pendiente de El viajero del siglo por lo del premio Alfaguara, estaba interesada, ansiaba beber de lo mismo a ver si me volvía interesante como el resto de la gente que estaba allí.

 

A poco tiempo de iniciada la charla entendí que la conversación entre ellos no me aportaría gran cosa; sin embargo los escuché agradecida por los minutos de tregua, por el tiempo efímero en el que podía escapar de las necesidades de mi hermana, de los achaques de mi madre, de la camisa de fuerza de mis días. Allí estaban, en la tarima, respondiendo preguntas, conversando entre ellos, tratando de hacernos reír con su ingenio, de ser los dioses simpáticos y amados, sentados en hermosos muebles, iluminados artísticamente, bellos aunque no lo sean tanto: los escritores, la obra, la inspiración de algún dios. Nosotros, en cambio, el público, los reverentes oyentes, los lectores, los aspirantes a escritores, acá abajo, en el espacio oscuro en el que la iluminación no se enfoca, sentados en sillas plásticas blancas, intentando arropar nuestras ordinarias vidas con la belleza por un instante que olvidaremos luego por intrascendente, tratando de hacer propias las palabras de los elegidos para la tarima, a ver si algo de lo que los tiene allí sentados nos logra ungir abajo. Quizás fue el encanto del patio, quizás la severidad del silencio reverente de los oyentes, quizás la finura de la puesta en escena, no sé qué fue, pero contesté la segunda llamada como si estuviera cometiendo un acto profano”.

 

 

 

Aprender a rodar

 

“Se tranquilizó al verla sonreír. Entrelazaron de nuevo las manos y Ana retomó lo que estaba contando. Milena se dejó envolver en la voz de Ana, esa voz que sentía como un  nido. La observaba mirar lejos en sus recuerdos y trataba de adivinar en su mirada lo que estaba viendo, en la expresión de sus ojos, en las muecas de su boca, como si la cara de Ana fuera en sí el relato. Quería saber todo de esa chica valiente y fuerte que le prometía viajes y un lugar para llevarla a vivir con jardín y hamacas. Solo estaban ellas en el parque. Y eso le bastaba a Milena. Le bastaba andar y desandar con sus dedos los de Ana, escuchar su voz frondosa y segura. Le bastaba el sol cubierto por las nubes, el deseo sosegado esperando otra oportunidad, ahuyentar mosquitos una tarde de domingo siempre que estuvieran juntas.

 

Pero bastó que apareciera la familia al otro lado de la pista para que a Milena se le agrietara la tarde”.

 

 

 

Los restos del plato

 

“Las noticias comenzaron de nuevo. Indira sintió en sus piernas el vaivén de la cola de Mechas. La empujó despacio para que él no se diera cuenta. La perra salió de abajo de la mesa y se ubicó entre los dos. Indira percibió su olor.

 

—Apesta, ¿cuándo piensas bañarla?

—El domingo.

—Todas las semanas dices lo mismo.

—Entonces báñala tú.

—Yo no voy a bañarla, no es mi perra.

—Entonces el domingo —dijo él, mirándola con los ojos muy abiertos como al borde de algo.

 

Indira se recostó al respaldar de la silla y dirigió su mirada a la pantalla: mejor callarse y fingir que le importaba lo que ocurría en el mundo.

 

El mediodía entraba sin obstáculo por los ventanales. Tanta luz le fastidiaba. Una gota de sudor le resbaló por la axila. Miró el abanico y trató de acomodarse mejor evitando acercarse más a Víctor, pero no logró nada. A punto de levantarse, vio pasar la mano de él para tomar el hueso que ella acababa de dejar en el plato que trajo para sus sobras.

 

—No metas tu mano en mi plato... por favor.

 

Él desconcertó la cara, pero enseguida se iluminó al mirar a Mechas que, apoyada en una de sus piernas, esperaba el hueso con la lengua afuera.

 

Indira siguió sentada, masticando lento mientras escuchaba quebrarse el hueso entre las mandíbulas de la perra”.

 

 

 

La creación

 

“El día que Lina recibió su primera quincena, dijo: que haya luz en mi vida. Era momento de buscar un lugar mejor para vivir que aquel cuarto oscuro y sin ventilación al que se le metían los olores de la cocina y cuyo baño solo servía para apestar a caño.

 

Cada día laboral, de camino a la oficina, observaba desde el bus una puerta de vidrio que a lado y lado tenía jardineras con flores azules y amarillas. Procuraba sentarse en el lado izquierdo para admirar aquella entrada. Sería bonito vivir en un lugar así, se dijo alguna vez, como una niña diría: sería bonito ir a la luna. Una mañana, cansada de visitar pensiones desagradables e inconvenientes, vio en la puerta de vidrio el anuncio: se arrienda apartamento. Y aunque su intención era mudarse a un mejor cuarto, pues su presupuesto no contemplaba un apartamento, pensó que era una señal del cielo. Enseguida llamó a averiguar. El valor del arriendo era un poco mayor de lo que podía permitirse, pero nada perdía con ir a verlo. Si lograba ser persuasiva, hasta podía conseguir un descuento. Además, la empresa en la que trabajaba estaba a tan solo cuatro cuadras, en el barrio había un supermercado, todo tipo de comercios y pasaban las principales rutas de buses; ahorraría en transporte y comida, con eso podría cubrir lo que hiciera falta.

 

Al mediodía dejó de lado almorzar y fue a ver el apartamento. Constaba de tres espacios: un área que funcionaba al mismo tiempo como sala, comedor y cocina; un baño y un dormitorio. Podía estirar los brazos en la ducha y en el dormitorio había suficiente espacio para sus cosas, la cama y ella. Un lujo que hasta ahora no había conocido. Era fresco e iluminado. Acordó el valor del arriendo con la dueña. Se mudaría esa misma noche aprovechando que era fin de mes y viernes. 

 

Llegó a las ocho y media con lo único que tenía: un abanico de pie, un colchón inflable, una plancha y una maleta pequeña con el resto de sus pertenencias. Le dio a la dueña el depósito y el primer mes de arriendo y la dueña le entregó dos llaves: la de la puerta de vidrio para entrar al edificio y la de la puerta de su apartamento en el segundo piso. Subió sus cosas, abrió la puerta, accionó el interruptor y se hizo la luz. El milagro de una luz que encender y apagar a su antojo.

 

Y vio que era bueno. Por primera vez era ama y señora de un espacio. No más su madre ordenándole cómo y dónde poner su cuerpo, qué hacer y qué no hacer con él. Su hermano echándola del cuarto, con la venia de su madre, cuando quería estar solo, su hermano inmiscuyéndose en sus cosas. No más pensión de Doña Carlota y su esposo mirón, embutida en un cuarto con aquellas cretinas que vivían hablando por teléfono y la acusaban de cogerles las cosas cuando eran ellas las amigas de lo ajeno. No más el cuarto del servicio en la casa de la treinta y ocho, al lado de la cocina, el único que pudo pagar, en el que apenas cabía el colchón inflable y cuyo baño usaba como ropero. No más compartir el baño con los demás inquilinos, toallas higiénicas sin envolver en la caneca, condones usados en el piso, vómito y orín pringados en la taza. La cocina siempre sucia y los insomnes ruidos de la noche. Los golpes en las paredes cuando se quedaba a dormir el novio de Diana, los hombres sigilosos que se encerraban con Armando, el jadeo animal que parecía venir de todos lados y de ninguno. Los ebrios sollozos del chileno que la invitaba a cine para meterle mano, pero que jamás la invitó a su cuarto. Las peleas de Sofía y su novio. La larga, pálida y callada Sofía, capaz de hacer temblar la casa con sus gritos. Era muy bueno tener su espacio, aunque no fuera realmente propio.

 

Pero la luz no duró mucho. De pronto hubo un apagón en el barrio. Y fue la noche. Infló el colchón a la luz de la luna. Sin comer, sin beber, cayó rendida a pesar del calor.

 

Y pasó la noche y llegó la mañana; así se cumplió el primer día”.